Cristóbal Ruiz Gaytán Trujillo

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Los héroes se postran frente al palacio. El rey, herido, los observa desde la torre más alta. Saben lo que deben hacer, sin embargo no están seguros de ello. Todo lo que han vivido, todo por lo que han sufrido, todo aquello que los trajo a este momento. Los que partieron de Riverlands, esos muchachos buscando venganza, ya no existen. Ahora sólo existe el dolor. El arquero prepara su disparo, apunta al rey, al mismo rey que les arrebató sus tierras. Lo mira con odio y… ¿Y?

Es complejo escribir el final de una historia. Por un lado, no quieres ser como todos los finales, que el héroe triunfe, el villano caiga, la paz se recobre y todo se resuelva solo. Por otro, sabes que al hacer que el malvado enemigo gane tampoco es una opción. ¿De qué sirvió todo el camino del héroe? Para nada. No quieres que la gente sienta eso al terminar tu historia.

El dilema de los finales mediocres es uno al que Hollywood se enfrenta constantemente. Game of Thrones terminó hace unas semanas, y en general la recepción de esta última temporada fue negativa, ¿Por qué? ¿Por qué es tan difícil concluir tramas que ya están escritas, que están planeadas?

Lo primero que hay que entender de un final, es que con eso empiezas la historia, es decir, los mejores finales son los que están ideados desde el principio y no los que surgen conforme se va escribiendo. El final, por ejemplo, de Avengers: Endgame no hubiera sido efectivo de no haberse preparado con anticipación. Pasa igual en la literatura. En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez plantea, casi desde el comienzo, los pergaminos de Melquíades y como son indescifrables. Al final, cuando uno de los Buendía logra entenderlos, toda la historia cobra sentido. El final funciona.

Es importante recordarlo y no sólo en el cine. Todo lo que hagamos, ya sea mediante un escrito o una acción, debe tener preparados tres elementos: ¿Cómo va a plantearse el problema? ¿Quién tendrá, y quién resolverá el problema? ¿Cómo se va a resolver el problema al final? Quita uno y la ecuación se cae. Si harás un negocio, piensa en cómo comenzará, con quienes, y cómo pretendes que termine; en un viaje igual, cómo va a iniciar, con quienes irás y cuál objetivo tienes. Y en cine, más que nada, debes saber bien lo que haces: ¿Cómo comienza la guerra, quiénes participan, y al final, quién ganará? Lo demás se escribe solo.